Charlie Swan: el bote salvavidas de un barco llamado Crepúsculo

Hace dos noches, tuve el dudoso placer de ver Amanecer, parte I; la penúltima entrega de la popular saga de vampiros fluorescentes que reúne a millones de fans (jóvenes y no tan jóvenes) en las salas de cine para gritar al unísono cada vez que algún personaje masculino se quita la camiseta. He de admitir que, aunque esta sea una saga que odie profundamente, por la cantidad de metraje que no aporta nada y sus abundantes momentos de vergüenza ajena, sí que me genera cierta curiosidad (que no interés), igual que puede ocasionarla cualquier parte de la saga Transformers. Son de esas películas que odio con mucha fuerza pero que las acabo viendo por varias razones: la primera de ellas es para aplicar eso de “no hables de aquello que no conoces”, porque así puedo atacar a estos productos con un mínimo de fundamento, que eso siempre jode; y segundo porque ver una peli que consideras mala a rabiar, acaba generando cierta diversión en tí, algunas de forma más entrañable (The Spirit) y otras de forma más cruel, porque a algunos nos gusta faltar al respeto el trabajo de los demás.

Amanecer, parte I es un claro ejemplo de cómo no estirar una licencia hasta la saciedad. La principal razón es que, con sus dos horas y veinte minutos que dura, no ocurre absolutamente nada hasta a partir de la primera hora, más o menos como ya pasó con Luna Nueva. No veo ningún interés en ver como unos personajes que no me han conseguido caer bien a lo largo de tres películas se casan, se van de luna de miel a Brasil y pasan una noche de bodas donde cuando empieza el polvo hacen un fundido a negro. Cuando llega el momento que los protagonistas están bañándose desnudos en el mar a luz de la Luna, tanto azúcar en vena te acaba dejando KO. Y encima, después de que Edward no quiera volver a tener relaciones con Bella porque se pasa de

bruto (cosa que a ella le pone perraca), tenga que ver una absurda secuencia de montaje con Bella poniéndose chorrocientosmil modelitos sexys para provocar a Edward hasta que consigue tirárselo de nuevo. Luego pasa que se queda embarazada y además el feto se la está comiendo por dentro. Te jodes por guarra y por sosa. Digo lo de guarra no porque se quiera volver a follar a su marido, cosa que me parece estupenda y maravillosa, sino porque después de insistirle al pobre Jacob de que sólo le quieres como amigo, cuando estás jodidísima en el sofá con un bebé que te está convirtiendo en un esqueleto, le digas a tu querido amigo el hombre-perro que es tu persona favorita en este mundo. ¿A qué coño juegas? Los que han tenido su momento pagafantas sabrán de lo que hablo, no puedes jugar así con los sentimientos de una persona que está enamorada de tí, aunque estés al borde de la muerte. Atentos también al gran momento donde Bella escoge el nombre de su hija: Remesme. Las risas están aseguradas.

Es muy difícil tomarse en serio una saga que, aunque no esconda que está hecha solamente para sacar dinero, tenga la poca vergüenza de hacer posters promocionales de los protagonistas posando muy guapos. Es que ni siquiera se han esforzado en realizar una composición decente, cojones. Por no hablar de la lástima que me da ver a Michael Sheen en esta saga, donde parece que le va a dar algo si no le dejan tocar las palmas. O el pobre David Slade, al que le salió el tiro por la culata con 30 Días de Oscuridad y ha tenido que rodar Eclipse (la menos coñazo de la saga, por cierto) para ganarse el pan.

Enmedio de tanta desfachatez, cursilería y momentos anti-abortistas, aparece el único personaje medianamente respetable de toda la saga: Charlie Swan, el padre de Bella. No solamente porque es el típico policía con bigote, sino porque es el único personaje que se atreve a arrojar un poco de cordura entre tanta confusión. Charlie es un humano corriente, y por ello se comporta como tal. Se preocupa por su hija, la cual ronda con un chico poco hablador y preocupantemente pálido, no se lleva bien con su ex-mujer, que por algo es ex y además tampoco parece una persona muy razonable. Charlie es el de los comentarios sarcásticos, y parece que es el único que se da cuenta de que los demás personajes solo hacen chorradas. Charlie Swan es el espectador no fan de Crepúsculo. Charlie Swan representa al hombre contemporáneo.

Eso no quiere decir que Charlie sea un personaje que merezca ser recordado para la posteridad dentro de la historia del cine, sino que es más bien un rayo de esperanza para todos aquellos que han tenido o tienen que ver esta saga por fuerza (véase novias o amigas, principalmente) o que son tan valientes y necios de probar de ver esa saga de la que todo el mundo habla. Desgraciadamente no todas las películas malas similares tienen un personaje como Charlie Swan, pero todas deberían tenerlo, igual que muchas otras tienen al secundario negro gracioso. Seguro que si el negro de G.I.Joe se hubiera cambiado por Charlie Swan, sería una película cojonuda.

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